Niños felices, niños exitosos

Por: Narda Cardozo.-

Se casaron y vivieron felices por siempre… ¿Se casaron?, ¿Vivieron felices por siempre?
¿Quién de nosotros no ha escuchado este final de cuento alguna vez en su vida? Seguramente hemos quedado con la idea de que el principal objetivo de nuestras vidas es ser felices por siempre y alcanzar el éxito a través de cumplir algunas normas sociales como casarse con el príncipe azul, conseguir un trabajo importante o estudiar una carrera universitaria.
Cómo mamá he visto a veces con terror, la necesidad de los padres de hoy en día de tener hijos felices que se desarrollen como adultos exitosos, esto me ha llevado a observar y a cuestionar acerca de la cantidad de cosas que los padres soportamos, hacemos y generamos en nombre de esta felicidad y este éxito.
Primero pensemos en que ha implicado para los padres de familia tratar de sostener en el tiempo la “felicidad” de los hijos y saber que en nombre de ella están dispuestos a “hacer lo que sea”. Es ahí cuando encontramos padres de familia adictos a comprar cosas en la mayoría de los casos innecesarios para sus hijos, desde comida chatarra para la lonchera (gaseosa, jugos embotellados, paquetes, comidas procesadas). Ropa de marca y en exceso, ya que si entramos al armario de una princesa (como se les dice a las niñas de ahora) encontraremos tal cantidad de vestidos, camisas, pantalones, chaquetas, zapatos y accesorios en los que en realidad no podemos distinguir que es más notorio si el repetido color rosa o la cantidad de brillantes. Y en su mesita de noche la infaltable corona, labiales, esmaltes, perfumes, lociones, etc. Que combinan con los trajes de la princesa. Y en el armario de los príncipes, camisetas, pantalones, sacos, chaquetas, etc. Estampados con los personajes de moda, robots, carros, super héroes, etc. Que hacen que se triplique su valor. Y claro en la mesita de noche el gel para peinarse, las lociones, y las cremas. Ni siquiera vale la pena abordad la cantidad de juguetes sosos y vanos que en nada aportan a su desarrollo, o la cantidad de tecnología a la que tienen acceso ya que desde que entran al colegio entre la lista de útiles escolares parece que estuviera implícito el celular y el computador portátil al lado del televisor para el cuarto.
Pero nada tan absurdo como la forma en que los padres de familia vendemos nuestra autoridad, nuestra autonomía, nuestro criterio y a veces nuestra dignidad en nombre de la felicidad de nuestros hijos y todo esto ¿para qué? Para “garantizar que nuestros hijos sean adultos exitosos” y para conseguirlo ellos deben pasar un proceso de selección frente a los hijos de los amigos y vecinos para saber que papás empacan la lonchera más rica, que hijos se visten mejor usando la ropa que esté a la moda y cuál de ellos tiene el mejor celular que le permita estar en la élite de los niños.
No sé si a todas las personas que lean esto les parecerá tan absurdo como a mi tratar de seguir este “estilo de crianza” en nombre de conceptos tan efímeros, subjetivos e irreales como la felicidad y el éxito.
Es imposible que como adultos no pensemos que la felicidad es un concepto subjetivo, personal y que no puede ser permanente, al menos yo no conozco a alguien que toda su vida, en cada instante haya sido feliz y menos si esa felicidad depende de obtener lo que quiere, cuando lo quiere y como lo quiere. Si pensamos por un momento nos daremos cuenta que en nuestra vida cada momento en que nos hemos sentido felices ha estado antecedido o precedido por otro tipo de sentimiento como la tristeza, la rabia, el miedo, etc. Pues esto es lo que nos ha hecho disfrutarlo; sentirnos felices por siempre sin darnos el gusto de vivir e interiorizar sentimientos como la tristeza, la angustia, el miedo, o la rabia nos daría como resultado una vida vacía. Los niños no necesitan ser felices por siempre necesitan aprender cómo enfrentar la frustración, necesitan llorar cuando están tristes sin miedo de mostrar sus sentimientos, necesitan aprender a buscar ayuda cuando se sienten asustados. Y esto no se los da la cantidad de cosas ni “sacrificios” que hacen sus padres, esto solo se aprende viviendo en el mundo real aprendiendo que la felicidad no depende de si tienes más o menos que alguien, que tampoco depende de que los demás hagan lo que tú quieres y sobre todo que la felicidad es un conjunto de momentos como cuando ríes mucho hasta que te duele el estómago, o cuando te abrazan muy fuerte o cuando corres con tus amigos entre los charcos.
También podemos cuestionarnos que tan conveniente es querer que nuestros hijos sean exitosos siguiendo los esquemas de un sistema diseñado para que el “éxito” sea el resultado de crear seres homogéneos que cumplan una serie de requisitos ordenados y organizados por una sociedad que en este momento no tiene nada de exitosa. Como papás no es acaso nuestro deber mostrarles a nuestros hijos la belleza de la diversidad y la necesidad de la equidad enseñándoles que existe otra clase de seres exitosos. ¿No son exitosos los hijos que deciden no hacer una carrera universitaria y seguir sus sueños? Actuar, ser músico, crear una empresa, recorrer el mundo con una mochila al hombro, etc. También son matices del éxito.
Volvamos a asumir nuestro papel de papás con la responsabilidad que implica preparar a nuestros hijos para vivir y cuestionar el momento social e histórico en que se encuentran y dejemos de tratar de crearles un mundo de cuento en donde necesitan ser príncipes y princesas, casarse y ser felices por siempre.

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